BABY EL APRENDIZ DEL CRIMEN—FUGA CON AUDÍFONOS

BABY DRIVER 01

Por Héctor Becerra Delgado

Atlanta, Georgia. El joven Baby (Ansel Elgort) es un virtuoso del volante, cuyo trabajo consiste en conducir el vehículo en el que los criminales escapan tras cometer un golpe. Baby habla muy poco y padece tinnitus, es decir, suena un pillido permanente en sus oídos. Para mitigarlo, escucha música todo el tiempo en su colección de iPods. Su jefe es Doc (Kevin Spacey), una mente maestra para planear robos y armar el equipo ideal para cada misión. Baby fue su chofer exclusivo ya que debía pagarle una deuda antes de quedar quedar libre. Cuando conoce a la mesera Debora (Lily James), Baby imagina un nuevo comienzo para él, pero Doc lo presiona para que acepte un último trabajo…

¿ES RETRASADO?

En el cine, la unión entre la imagen y la música puede generar todo tipo de resultados. Allí están las fastuosas cintas musicales de otras décadas, planeadas para deslumbrar al público con coreografías espectaculares. En el otro extremo existen los cineastas que prescinden totalmente de la música y dejan todo en manos de los diálogos y los sonidos que acompañan la acción. Y luego está “Baby: El Aprendiz del Crimen” (“Baby Driver”, 2017), filme donde la imagen está planeada y sincronizada para crear un todo orgánico. “Baby Driver”, sin ser una película musical, crea su propia coreografía al hacer que las imágenes bailen al ritmo de una muy extensa selección de canciones. Nada fácil.

TÚ Y YO SOMOS UN EQUIPO

El director y guionista inglés Edgar Wright, célebre por las comedias “Shaun of the Dead” (2004) o “Scott Pilgrim vs. Los ex de la Chica de sus Sueños” (2010), concibió “Baby Driver” en 1994. Por su inexperiencia y juventud, tuvo que esperar muchos años antes de poder realizar el filme. En 2003, un año antes de debutar en cine, Wright empleó el concepto de “Baby Driver” en el video del dueto ingles Mint Royale para el tema “Blue Song”. Sin mostrar la persecución posterior al robo del banco, el clip nos presenta al conductor del auto mientras espera a sus compañeros y escucha esa canción. Y canta y baila mientras engaña a los guardias que pasan cerca del coche y sospechan…

LA FORMA ES EL FONDO

Un acierto de Edgar Wright es que sabe lo que quiere lograr con “Baby Driver”. No se trata de un filme con pretensiones de profundidad, sino de una cinta entretenida que privilegia la forma sobre el fondo y lo hace de manera magistral ¿La premisa? Narrativamente es poco original: la hemos visto en “The Driver” (1978), de Walter Hill, así como en la saga “El Transportador” y la enigmática “Drive: El Escape” (2011), con Ryan Gosling. Sumenos el trillado caso del criminal que, cuando se quiere retirar de su estilo de vida, es obligado a aceptar un último trabajo. La originalidad no es el fuerte de “Baby Driver”, pero su construcción es sólida y su columna vertebral es…la música.

NOSOTROS, LA MÚSICA Y EL CAMINO

Con atención a los detalles, “Baby Driver” establece personajes simples pero bien delineados, con características que los humanizan en un entorno donde la acción dice más que mil palabras. Así, el estado mental y emocional de Baby se muestra firme durante la primera secuencia de huida: maneja con tal aplomo que el auto prácticamente resulta sin un rasguño. Cuando se enamora de Debora y cuestiona su propia criminalidad, los siguientes escapes son menos limpios, como un reflejo de su quiebre interior. Así, hay muchas acciones significativas en el filme, el cual es narrado al ritmo de una banda sonora que, con sonidos ambientales y silencios, sustituye muchos diálogos. Excelente.

 

 

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